Hoy, 25 de julio, se cumplen 213 años de un episodio que aún se proyecta sobre el nacimiento de Venezuela: la capitulación que el Generalísimo Francisco de Miranda firmó ante Domingo de Monteverde en San Mateo, en 1812. Revisitar este acto no es un ejercicio de simple condena o vindicación, sino de comprensión profunda del drama humano y político que marcó el colapso de la Primera República.
El Contexto del Abismo:
Para entender la magnitud de la decisión de Miranda, hay que situarse en el infierno de julio de 1812. La República nacida el 5 de julio de 1811 agonizaba. El devastador terremoto del 26 de marzo, interpretado por muchos como un "castigo divino" contra la rebelión, había fracturado no solo ciudades, sino la moral pública. Monteverde avanzaba implacable desde Coro, explotando divisiones internas y levantamientos realistas. Valencia caía, Puerto Cabello era tomada por insurrectos realistas, dejando sin puerto vital y sin valiosos pertrechos a la exhausta causa patriota. El ejército republicano, diezmado y desmoralizado, se desintegraba. Miranda, nombrado Dictador con poderes plenos semanas antes, enfrentaba no solo al enemigo externo, sino a la deserción, la intriga y la bancarrota.
La Disyuntiva del Generalísimo:
¿Qué opciones tenía realmente Miranda aquel 25 de julio? Un enfrentamiento militar abierto parecía suicida; la derrota era casi segura y significaría la aniquilación de los líderes independentistas y quizás una represión aún más sangrienta. La capitulación, negociada con Monteverde, ofrecía, al menos sobre el papel, una salida menos catastrófica: garantías de vida y propiedades para los vencidos, y un pasaje seguro al exilio para quienes lo desearan. Miranda, veterano de revoluciones (había luchado en la Independencia de Estados Unidos y en la Revolución Francesa), conocía el costo de la derrota total. Su decisión, fría y pragmática, buscaba preservar un núcleo de líderes y combatientes para futuras luchas. Era la lógica del estratega que vive para combatir otro día.
La Sombra de la Traición y la Controversia:
El desenlace es bien conocido: Monteverde incumplió los términos casi de inmediato, persiguiendo a los patriotas. Miranda, esperando su barco en La Guaira, fue arrestado —por un grupo de compatriotas— bajo la acusación de traición, y posteriormente entregado a los españoles. Murió prisionero en Cádiz. Este arresto, ejecutado por oficiales subalternos que veían la capitulación como una rendición inaceptable y quizás temían ser abandonados, añadió una capa trágica de conflicto fratricida al desastre.
Análisis: ¿Error, Traición o Último Recurso?
Calificar la capitulación exclusivamente como una "traición" es una simplificación peligrosa. Fue, ante todo, el acto desesperado de un comandante que veía derrumbarse su ejército y su proyecto político, y que intentó, dentro de lo imposible, mitigar el desastre. Miranda subestimó la perfidia de Monteverde y sobrestimó, quizás, la cohesión de sus propias filas en la derrota. Su pragmatismo chocó frontalmente con el ethos de lucha sin cuartel que empezaba a germinar, encarnado luego por Bolívar.
Legado: La Lección Amarga de la Fragilidad:
La capitulación de Miranda no fue la causa de la caída de la Primera República, sino su certificado de defunción. Reveló con crudeza las profundas debilidades del proyecto: la falta de unidad interna, la fragilidad institucional, la dependencia militar de líderes carismáticos y la ferocidad de la contrarrevolución.
En el teatro global, la capitulación de Miranda ilustra un principio inmutable: las revoluciones triunfan cuando convierten reveses en aprendizaje táctico. Bolívar internalizó esta lección. Su Campaña Admirable (1813) y la creación de redes diplomáticas en Londres, Haití y Nueva Granada respondieron directamente a los errores de 1812. La derrota no fue el fin, sino el crisol donde se forjó la estrategia victoriosa.
Miranda, el Precursor, pagó con su libertad y su vida una decisión tomada en la hora más oscura. Su capitulación sigue siendo un recordatorio sombrío de que la construcción de una nación rara vez es un camino lineal, sino un laberinto de decisiones imposibles, errores trágicos y sacrificios donde la historia, con su mirada implacable, juzga sin conocer la angustia del momento. Comprender su contexto no es justificarlo, sino honrar la complejidad del pasado que forjó nuestra identidad.
Aldo Rojas Padilla.

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