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La viga de carga


Hay una esquina en el casco central de Araure donde el tiempo ha dejado de transcurrir para empezar a pesar. Es una casa colonial que ya no es casa, sino un esqueleto de barro y madera que se sostiene en pie por algo que ya no es voluntad, sino naturaleza. Los que alguna vez la habitaron se marcharon hace décadas, buscando lugares más modernos, más fáciles de habitar, menos comprometidos con la memoria de las grietas.

Desde la acera, lo primero que se nota es la fachada descascarada. Es una piel que se rinde, dejando ver el adobe crudo, esa mezcla de tierra y paja que recibió el sol de hace dos siglos. Las ventanas ya no tienen marcos; son ojos vacíos que miran hacia adentro, hacia un patio donde la maleza ha reclamado su derecho al suelo. La naturaleza no espera permiso.

Pero si uno se detiene a observar más allá del escombro, se descubre la verdad de la estructura. Allí, entre el polvo y el silencio, permanece la viga de carga.

Es un tronco de madera oscura, endurecido por los años hasta adquirir la densidad de la piedra. El techo que alguna vez sostuvo ya no existe; las tejas se hicieron añicos en el suelo y el agua de lluvia pasa de largo sin pedir permiso. Sin embargo, la viga sigue allí. No tiene a quién proteger del sol ni a quién resguardar del viento, pero no se dobla. No sabe hacer otra cosa más que sostener.

A veces, la dignidad no consiste en ser parte de una mansión resplandeciente, sino en ser el material que no se quiebra cuando el resto de la construcción se vuelve decorado o ruina. Hay una soledad muy particular en ser lo único sólido en medio de un naufragio de paredes. Los transeúntes pasan rápido, temiendo que un alero se desprenda, sin notar que la casa sigue en pie no por las columnas que se ven, sino por esa estructura invisible que se niega a soltar el peso.

Sostener el vacío es, quizás, la forma más pura y silenciosa de la lealtad.

Aldo Rojas Padilla.

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