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Los que declararon sin romper


Ensayo sobre el 5 de julio de 1811

El 5 de julio de 1811 no fue firmado por un bloque homogéneo de revolucionarios. Fue firmado por una coalición donde convivían, bajo la misma acta, quienes estaban dispuestos a perderlo todo por la causa y quienes solamente estaban dispuestos a decir que la apoyaban. Esa segunda categoría no traicionó de un solo golpe, como sí lo hizo quien entregó a Miranda al enemigo. Traicionó de manera más lenta y más difícil de señalar, resistiendo desde adentro cada medida que la independencia necesitaba para sobrevivir, mientras seguía llamándose a sí misma patriota.

El sector que nunca rompió del todo

Los historiadores que han estudiado la caída de la Primera República coinciden en un dato incómodo, que buena parte del mantuanaje, la vieja nobleza criolla que había impulsado la ruptura con España, se convirtió también en el principal obstáculo interno para sostenerla. Cuando Miranda, nombrado Generalísimo con poderes dictatoriales, intentó imponer disciplina militar real, unificar el mando y exigir los recursos que la guerra necesitaba, encontró resistencia constante en ese mismo sector, que veía en la disciplina una amenaza a privilegios que pensaba conservar intactos bajo la nueva bandera. Habían firmado el acta, sí. Habían jurado la independencia, también. Pero no todos estaban dispuestos a que esa independencia les costara nada de lo que realmente valoraban.

Cohabitar con lo que se dice combatir

El caso más elocuente de esta lógica, documentado sin ambigüedad por la historiografía venezolana, es el de Antonio Fernández de León, el Marqués de Casa León. En 1806 organizó la caballería que combatió el desembarco de Miranda en Coro. En 1808 firmó el memorial mantuano que pedía a España la formación de una Junta de Gobierno. Cuando esa Junta finalmente se instaló en 1810, se convirtió en hombre de confianza de Miranda, encargado de las provisiones del ejército patriota, y en 1812 fue nombrado director general de Rentas de la Confederación. Cuando la derrota se hizo inevitable, fue él mismo quien negoció en representación de Miranda las condiciones de la capitulación con Monteverde, y apenas conseguida esta, se pasó al bando realista sin ninguna dificultad.

Ahí no terminó su recorrido. En 1813, cuando Bolívar reconquistó Caracas, Casa León volvió a ofrecerse como hombre de confianza, y el propio Libertador, agradecido porque este lo había ayudado a escapar el año anterior, lo premió con la misma dirección de Rentas del Estado. En 1814, cuando José Tomás Boves tomó la ciudad, Casa León aceptó de sus manos el cargo de jefe político de la provincia. Sirvió después al mariscal español Pablo Morillo. Terminó sus días en 1826, exiliado y con dificultades económicas, sostenido por una pequeña renta que gestionó la propia hermana de Bolívar. Sirvió sucesivamente a la Corona, a Miranda, a Monteverde, a Bolívar, a Boves y a Morillo, y en cada tránsito salió mejor parado que en el anterior, sin haber arriesgado jamás nada esencial por ninguna de las causas que dijo servir.

El diagnóstico que Bolívar dejó escrito

Bolívar identificó este fenómeno con una precisión que todavía sorprende. En su Manifiesto de Cartagena, escrito en diciembre de 1812 tras la caída de la Primera República, no atribuyó el desastre únicamente a la superioridad militar española. Señaló, entre las causas decisivas, la tolerancia excesiva del gobierno patriota hacia quienes conspiraban contra el propio proyecto republicano desde dentro de sus filas. Es una acusación que describe con exactitud a hombres como Casa León, que ocuparon espacios de poder en la nueva república sin arriesgar en ella nada esencial, y que estaban psicológicamente preparados, desde el primer día, para regresar sin fricción al lugar del que en el fondo nunca se habían ido del todo.

Lo que distingue a un traidor de un desertor silencioso

Hay una diferencia importante entre el que traiciona de un golpe, como el oficial que entregó a Miranda al enemigo, y el que simplemente nunca estuvo del todo adentro. El primero comete una acción, el segundo comete una omisión sostenida, y la omisión sostenida es más difícil de señalar porque se disfraza de prudencia, de matiz, de compromiso parcial. Casa León no necesitó unirse abiertamente al enemigo en ningún momento crítico, le bastó con no darle a ninguna causa lo único que la sostiene, lealtad sin condiciones y sacrificio real. La historia le cobró, a su manera, exactamente lo que nunca estuvo dispuesto a poner sobre la mesa, terminando sus días sin patria propia, sostenido por la caridad de la familia del hombre al que también sirvió y también abandonó.

Cierre

El 5 de julio celebra el coraje de quienes firmaron dispuestos a jugárselo todo. Pero la historia completa de esa fecha incluye también a quienes firmaron sin intención de arriesgar nada, y que midieron cada gesto patriótico según cuánto les costaba y cuánto les rendía. Esa distinción no la resuelve el acta ni la resuelve el paso del tiempo. La resuelve, en cada generación, la pregunta de quién estuvo dispuesto a perder algo de verdad por lo que decía defender, y quién solamente calculó cuánto podía ganar mientras la bandera todavía ondeaba. La independencia que Venezuela sigue esperando terminar de conquistar no depende solamente de vencer a un adversario declarado. Depende, sobre todo, de que la sociedad aprenda por fin a distinguir entre quien arriesga algo real por la libertad y quien únicamente factura por administrarla.

Aldo Rojas Padilla 

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